Los caminos de mi vida son míos

Por Almudena Lobato.

Cuando suelo pedir a mis clientes que realicen una autodescripción, casi siempre observo el mismo resultado. Primero se sorprenden, suelen comunicarme que no es un ejercicio fácil de realizar, necesitan un tiempo antes de empezar a escribir y dudan la mayor parte del tiempo en que transcurre dicho ejercicio. Cuando finalmente terminan, la autodescripción no ocupa más de tres renglones, suele ser vaga, general y centrarse en aspectos poco precisos y negativos de sí mismos.

¿Por qué suele ocurrirnos esto?. Raras veces dedicamos tiempo para pensar sobre nosotros mismos. Pensamos sobre qué haremos, qué tenemos que comprar o aquello que creemos que piensan los demás sobre nosotros y cómo gustarles o caerles bien. Pero no pensamos sobre la persona que somos. No solemos hacer un ejercicio de introspección.
En realidad, la imagen que percibimos de nosotros mismos es subjetiva. Está basada en nuestras experiencias, aprendizajes, creencias, miedos, exigencias, expectativas… y, en gran medida, coincide con la imagen que los demás nos ofrecen de nosotros. Es especialmente importante, la imagen que de nosotros dibujaron en nuestra infancia, especialmente la que nuestros padres nos mostraron sobre nosotros mismos, sus palabras serán un espejo sobre el que nos miraremos en nuestra vida adulta. Si nos hemos sentido queridos, apreciados y valorados nuestra imagen será más positiva, que si nos hemos sentido poco valorados, juzgados o menospreciados.

La imagen que nos muestra nuestro espejo es borrosa y distorsionada. La imagen que proyectamos y vemos no es una imagen real, es una imagen percibida, “así como me siento me veo”. Nuestro espejo es parecido a esos espejos cóncavos que podemos encontrar en una feria. ¡Nada más lejos de la realidad!.
No sólo influye nuestra infancia en la percepción que tenemos sobre nosotros mismos, también influyen otros factores como nuestra genética, nuestra personalidad y el resto de experiencias, personas y circunstancias, que nos encontramos a lo largo de nuestra vida.

 

La buena noticia es que, más allá de todo eso, podemos ajustar y mejorar la imágen que tenemos de nosotros mismos desde el adulto que somos. Hoy podemos escoger ser el adulto que queremos ser.
Pero, ¿quién soy yo? y, ¿quien quiero ser?. La mejor respuesta a esa pregunta, empieza por saber quién no soy y quien no quiero ser.

 mountain-landscape-2031539_1920Los caminos de vida son míos.

Yo no soy lo que pienso

Nuestros pensamientos son representaciones mentales de la realidad, son interpretaciones personales de todo aquello que percibimos, tanto de nosotros mismos como de nuestro entorno.
Por todo ello, decimos que nuestros pensamientos están distorsionados. No son un fiel y exacto reflejo de la realidad.
Un ejemplo para explicarlo. Que yo piense de mí mismo que “todo me sale mal”, no significa que sea cierto, significa que lo pienso, son mis pensamientos. Probablemente, si analizo con detalle mi realidad, comprobaré que hay cosas que quizás me salen mal, o al menos no tan bien como a mí me gustaría, pero también habrá otras que me salen bien. Es decir, no es real que TODO me salga mal.
Si hacemos caso de todos los pensamientos como si fuesen realidad, si no los cuestionamos, nuestros propios pensamientos nos dañarán o limitarán más que la propia realidad.
Por ello, es fundamental aprender a ampliar nuestra perspectiva, a cuestionar la forma en la que miramos nuestra realidad, para verla de la forma más completa y real posible.
Imagina que miras tras unas gafas de cristal negro, lo verás todo negro. Si te quitas las gafas, descubrirás un mundo lleno de colores, donde también estará el negro, pero no sólo el negro.
“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos”, Buda.

Yo no soy lo que tengo

Cuando no tenemos una imagen interna bien conformada y sana, tratamos de adornar, de llenar nuestra imagen externa, aquella que mostramos y perciben los demás. Por ello, nos sentimos más seguros bajo una buena prenda de vestir o dentro de un coche caro.
Lo cierto es que, por más objetos materiales que podamos acumular o coleccionar, por más éxitos personales o profesionales que podamos conseguir…, no conseguiremos llenar ese vacío interior que aparece cuando nuestra imagen interna no nos gusta. No hay suficiente dinero, objetos, títulos, amantes… que puedan hacernos sentir bien con nosotros mismos. El camino para ello es otro, es un camino interno y no externo.
“Quien cambia felicidad por dinero, no podrá cambiar dinero por felicidad”, José Narosky.

Yo no soy lo que tú piensas de mí

A todos nos gusta sentirnos apreciados y valorados por los demás. Una cosa es que nos guste, que nos agrade y que incluso lo deseemos y, otra, que lo necesitemos.
Es en esa necesidad de aprobación, de amor por parte de otro, cuando dejamos de ser nosotros mismos para ser lo que creemos que los demás esperan de nosotros. Tratamos de demostrar a través de nuestra conducta, de lo que hacemos, nuestro valor ante los demás y ante nosotros mismos.
De este modo, podemos llegar a coleccionar títulos, amantes, ropa…, podemos dejar de ser nosotros mismos para ser el hijo, la madre, la pareja, el jefe… que otros esperan de mí o, incluso podemos llegar a cambiar nuestro aspecto físico para tener más éxito (dietas, operaciones…).
Partimos de la premisa “Si piensas que valgo, yo valgo, si piensas que no valgo, yo no valgo”; “Si me quieres, yo soy digno de ser amado, si no me quieres, yo no merezco que me quieran”. Es aquí donde se fundamentan las dependencias afectivas.
Necesitamos beber agua, necesitamos alimentarnos… pero no necesitamos gustarles a todos, no necesitamos que todos nos acepten o nos quiera. Es más, eso probablemente, es algo imposible de alcanzar. Lo que sí necesitamos es gustarnos a nosotros mismos, valorar lo que hacemos, respetarnos más allá de nuestros errores, darnos la oportunidad de mejorar, ser nuestro mejor apoyo, ser nuestro mejor amigo, en definitiva, querernos a nosotros mismos tal y como somos, más allá de la imagen que tengan los demás de nosotros, de que les gustemos o no, de que nos quieran o no.
“Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida”, Oscar Wilde.

Si yo no soy lo que pienso, si yo no soy lo que tengo, si yo no soy lo que piensas de mí, ¿quién soy yo?, ¿quién quiero ser?.
Parte de nuestra felicidad y bienestar radica en nuestra capacidad para querernos tal y como somos, para aceptar la realidad tal y como es y, a partir de ahí, buscar los mejores caminos para uno mismo.
Ser consciente del ser único y valioso que hay en cada uno de nosotros, ser consciente de que no necesitamos adornos para ser mejores, que todo está bien en nosotros tal y como es, apreciar nuestros propios valores, aceptar nuestros límites y mejorar aquello que deseemos y esté en nuestras manos, apreciar y no juzgar a los demás, agradecer por cuanto bueno hay en nuestra vida, vivir plenamente el momentos presente, ser consciente de cuanto nos rodea, de la luz del sol, del frescor del agua, del sonido de nuestra propia respiración…, sentirnos parte importante dentro del mundo, dar gracias por cada nuevo día y crear una nueva oportunidad con él, sonreir… son ingredientes fundamentales en el camino de nuestra vida para sentirnos más satisfechos y felices con nosotros mismos.

“Los caminos de mi vida son míos”.

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Imagen: Parque de Mª Luisa, Sevilla. Por Luis Miguel Rufino.

Un saludo y buen camino.
Almudena Lobato.

@lobatopsicologa

 

Foto: Luis Miguel Rufino; Pixabay.

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